Como pequeña empresa familiar, podemos afirmar que nuestro trabajo es gratificante, pero que nos exige remar mucho para no naufragar en el mercado oceánico habitado por monstruos gigantes. Millones de gracias desde aquí a las tiendas y clientes que confiaron y confían en nuestro proyecto.
Realizar nuestras creaciones desde lo local es lo coherente con nuestros valores, pero no es sencillo y nos obliga a estar continuamente supliendo con imaginación y trabajo las dificultades que esta decisión conlleva.
En tiempos de ruido y controversia, quizás sea necesario (aunque no fácil) crear juegos cooperativos que traten de descubrir y cuestionar otras caras de nuestro mundo.
Pero este es el camino que escogimos hace ya 20 vueltas al sol. Han sido muchísisisismos los errores en estos años, y también ha sido mucho el aprendizaje y las personas que nos han ayudado a mejorar. GRACIAS A TODAS ELLAS.
La intención estaba desde el inicio: el difícil reto de llenar de color y diversión, sin producir una estampida en la mesa de juego, al mezclar dados, cartas, duendes, castillos y mapas imposibles con temáticas como la igualdad de género, el reparto equitativo de los recursos, la ayuda mutua, los derechos humanos, el comercio justo o el no a las guerras…
Aunque realmente siempre abordamos la misma temática: la convivencia en diversidad. Somos 8.000 millones de personas vagando por el universo infinito en nuestro hermoso planeta azul. Para prevenir sufrimientos absurdos y evitables debemos aprender a entendernos y a no solucionar los conflictos a garrotazo limpio, donde el más fuerte casi siempre ganará al débil, a la justicia y a la razón.
Porque desde Ekilikua tenemos el convencimiento que la gran mayoría de la familia humana, aún perteneciendo a pueblos y culturas aparentemente muy diferentes, buscamos lo mismo en nuestra existencia: vivir en paz, ver crecer a nuestras familias, trabajar, tener compañía en las penas y festejar las alegrías de la vida.
Porque no es cierto que el hombre sea un lobo para el hombre por naturaleza. Son los lastres culturales que arrastramos del pasado (pertenecientes al mundo de las ideas y por lo tanto modificables), la falta de afecto, las desigualdades en las estructuras o las circunstancias sociales, las que nos obligan a competir y a sacar nuestra peor cara.
La cooperación no es una utopía. Las personas no somos autosuficientes. La individualidad no esxiste. Somos lo que somos gracias, o por culpa de las y los demás. Hasta para odiar necesitamos al otro.
Cooperar es imprescindible para la supervivencia y su factibilidad fácilmente demostrable. Basta con salir a la calle, observar una catedral o escuchar un coro. Las familias acompañan a sus criaturas al colegio, mientras los coches circulan por su carril y las tiendicas levantan sus persianas. Un barrendero limpia la acera mientras saluda a quien pasa para ir a su trabajo, aportando su esfuerzo y capacidad individual para sumar al colectivo.
Porque cada bebé que nace (independientemente de la familia o el lugar donde lo haga) tiene derecho a recibir amor, a ser protegido y a acceder a los recursos que generosamente la naturaleza nos regala, para poder disfrutar de una vida lo más plena posible el poquito rato que dura la partida.

